La Gloria de Dios y el pecado

agosto 6, 2010 por  
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Palabra

“Entonces dije !Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5)

Predicación

Dice Isaías  “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.” (Isaías 6:1-2), Isaías había tenido visiones y había escuchado a Dios, pero no había visto a Dios y su grandeza y su magnífica gloria, el sabia que nadie podía vivir al ver la gloria de Dios, porque todos somos pecadores. Isaías al ver a Dios reconoció inmediatamente que había pecado en su corazón “!Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios.” (Isaías 6:5), no nos dice Isaías que quiere decir con labios inmundo, pero pudo ser que había hecho lo mismo que la gente del mundo “habitando en medio de pueblo de labios inmundos” pudo decir groserías “comunes”, o mentiras, o dicho “chismes”, etc.… el caso es que inmediatamente reconoció que había pecado en su corazón, y por eso mismo podía morir inmediatamente al ver a Dios, el sabia sobre ese pecado en su corazón, y seguramente pensó en confesarlo muchas veces, pero el caso es que no lo hizo y ahora se encontraba frente a Dios con su pecado en el alma, y podía morir irremisiblemente, pero Dios siempre provee la Salvación para quien la recibe… “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. (Isaías 6:6-7), Dios en su inmensa misericordia proveyó al cordero que quitaría el pecado del mundo de aquel que recibiera al Salvador al que derramo su sangre por nosotros, a Cristo el redentor. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eternal.” (Juan 3:16). Todos somos pecadores, nadie ante la grandeza de Dios puede permanecer de pie y con vida, a menos que el serafín con el carbón encendido nos limpie de pecado, es decir a menos que Jesucristo nos limpie con su sangre preciosa, a menos que aceptemos sinceramente y nos arrepintamos de esos pecados. Isaías reconoció su pecado primeramente, “!!Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios”,, y entonces arrepentido de corazón decidió hacer la voluntad de Dios, “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.” (Isaías 6:8). Isaías decidió aceptar la Salvación y hacer la voluntad de Dios. Puedes aceptar la Salvación y Dios se glorifica en ello, pero también es necesario que busques hacer su voluntad, porque “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20)

Oración

“Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.” (Salmo 40:1-3)

Gracias Señor por tener misericordia de mi, por haberme librado de la mano del cazador, por haber sanado mi alma y darme vida, gracias por tu inmenso amor y eterno perdón, bendito seas por siempre, mi alma se goza en tu Salvación. 

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